domingo, 25 de noviembre de 2007

DEPREDANDO LIBROS O CUALQUIER SOPORTE EN QUE LA PALABRA SE ENCUENTRE



De paso por Puerto Madryn —con rumbo a un encuentro literario organizado por los poetas Ariel Williams y Claudia Sastre en la Universidad San Juan Bosco de Trelew— hice una parada en la casa del editor Roberto Goijman. Cualquier biblioteca despierta el vicio maravilloso de hurgar en la colección de libros de otro escritor, aventura que nos coloca en una posición de observadores ansiosos y desesperados ante la bibliografía que éste atesora; sintiendo, en tal caso, cierta desazón (inútil) de que posee textos que uno no tiene, pero a la vez nos invade una felicidad repentina al descubrir autores y escrituras desconocidas hasta ese hallazgo.
Relaté en alguna oportunidad que las publicaciones que llamaron de inmediato mi atención fueron Veneno para hormigas de Debrik Ankudovich y una línea desafiante e inolvidable que dice “Ser es nocivo” y La cacería de Pavel Oyarzún y, específicamente, el poema “Isla”. Al primer texto, luego de rastrearlo en librerías y no conseguir nada, me lo fotocopió el generoso poeta de Comodoro Rivadavia Rubén Gómez y pude escribir un ensayo; incluso, el tiempo y el destino me permitieron conocer en persona a su autor —fueron inolvidables días de charla, lectura, y mucha música, además de paseos por Playa Unión y Magagna; también tuve el privilegio de conocer poemas inéditos de Debrik—. Con Oyarzún ha sucedido casi lo mismo en cuanto a la búsqueda de sus ediciones y debo resaltar el fracaso, porque fue imposible hallarlas en algún lugar de la Patagonia argentina. Lo único que pude hacer es depredar el material que se encuentra editado en internet.
Así como he sentido un estremecimiento al leer ambos textos siento el llamado, la obligación de sociabilizar sus poéticas, de divulgar aunque sea un puñado de poemas de su alta producción. Considero —más allá de que sepan o no de sus escrituras, de sus nombres propios— que existe cierta filiación en su oficio, y es lo que dinamiza las respectivas obras, en primera instancia, los proyectos y circunstancias del hombre, esa pasión de lo real legada por la modernidad y que hizo su trabajo minucioso en los cuerpos (sujetos) como en lo social (comunidad). En ese sentido, estos dos poetas contemporáneos componen sus obras viviendo en la Patagonia, y lo hacen en lugares cuasi marginales, periféricos dentro de la misma periferia, considerando el predominio de un centro de poder donde se toman las decisiones políticas y, por ende, culturales. Como réplica avanza su palabra (y no ajena, mucho menos enajenada del mundo, como podría pensar algún incrédulo que reside en la metrópoli) en la elaboración y consolidación de dos obras que son señeras para la escritura del sur del sur. Por lo tanto, poco importa dónde se legitima el corpus literario, porque a pesar de los relegamientos habituales existen y se construyen poéticas densas territorios que siempre han sido vapuleados por los organizadores del imaginario de la nación. Ankudovich y Oyarzún no lo hacen a destiempo ni a contramarcha de lo que se debe escribir según las reglas al uso y la moda; sino que adscriben a una poética esencial parida del diálogo con la tierra que rezuma junto al pasado que no calla. Y no hablo de literaturas caratuladas como regionalistas; sino del canto cimarrón y mañoso de la región, que es todo lo contrario a lo interpretado por la crítica vetusta de las capitales; repito, hablo de poesía esencial y experiencial.
Repongo una definición dada por Deleuze y Guattari al tomar como andamiaje la obra del escritor checo Kafka: “Una literatura menor no es la literatura de un idioma menor, sino la literatura que una minoría hace dentro de una lengua mayor”, y resalto como particularidad constructiva el hecho de que una parte de esa minoría hacedora está instalada en Patagonia. Aún perdura la incidencia política del exterminio instaurado por la hegemonía para cimentar sobre los vencidos el estado moderno y también el estado de carácter fascista. Se denomine Argentina o Chile, el caso es similar, se destruyó a través de un etnocidio programado a los pueblos originarios, y de un genocidio a las formaciones ideológicas, para usufructuar los territorios rapiñados, la fuerza de trabajo, esclavizando o desapareciendo a hombres y mujeres que eran libres por garantía de la constitución tantas veces redactada y refrendada.
Si se piensa en una literatura que incluya a todos los agentes productores se deben considerar todas las poéticas menores, y más allá del canon que consagre el campo literario ­—merced a publicaciones, merced a premios—, es casi necesario reinterpretar que una lengua mayor no ha dictado hasta ahora las coordenadas para la escritura, dejando las lenguas subalternas sin radio de acción dentro de la institución, es decir, repujándolas a los márgenes, condenándolas a una muerte simbólica.
En los trabajos de análisis, muchas veces, se simplifica demasiado, y parece que escribir en Patagonia es hacerlo solamente en español, es decir, en la lengua dominante o lengua mayor. En contrapartida los estudiosos de la literatura patagónica deben —en algunos casos paradigmáticos se hace— considerar cada uno de los ideolectos con los que fue nominando su historia y memoria, articulando los bienes culturales de los pueblos originarios junto a los procedentes de una tradición tan fuerte dentro de la poesía como los galeses.
Considerando el artículo de los pensadores citados deben releerse en otra clave a las obras del acervo cultural patagónico, porque una “de las características de las literaturas menores es que en ellas todo es político”. Ese quehacer conlleva destramar un tejido cargado de secuelas, heridas y olvidos que irrumpen en cualquier instante, una impronta que —debido a que los hechos son sucesos históricos y cotidianos— se conecta de inmediato con la acción política, y la literatura, tarde o temprano, dará cuenta de ello.
Debrik Ankudovich se adentra en las entrañas del hombre y con el instrumento poético inspecciona sus reductos, reflexiona sobre la ética en el discurso actual, también sopesa una problemática de todos los tiempos al poner en tela de juicio la “verdad”; ese concepto —aletehia— heredado de los pensadores griegos y que ha sido tan importante y vanagloreado en la teoría occidental. No escapa a este poeta como a Pavel Oyarzún la presencia de las voces tutelares que, en su momento, desafiaron el orden impuesto. En el autor chubutense se evoca el canto ceremonial para los nuevos hombres de Walt Whitman, en Pavel los maestros convocados son Jean-Arthur Rimbaud y Friedrich Nietzsche —quienes también bordearon los límites, los deconstruyeron y pagaron su precio ante la maquinaria positivista­.
Y para completar estas anotaciones quedaría resaltar algunas características de la poética de Oyarzún; en primer lugar su voz —cruzada y potenciada por otras voces— refiere en clave lírica una de las crónicas más crudas y cruentas que se han puesto en circulación sobre los aconteceres trágicos de la Patagonia. Cada uno de sus poemas se convierte en testigo del pasado y trae al presente de la lectura aquella carnicería, volviendo a contarla; en dicho proceso le sustrae el discurso al vencedor para incorporar en un nuevo enunciado denunciatorio la voz y la sangre de los derrotados, la de aquellos héroes ancestrales, migrantes y obreros de un territorio pillado y despojado por la barbarie y la codicia capitalista occidental.
“Escribir como un perro que escarba su hoyo, una rata que hace su madriguera. Para eso: encontrar su propio punto de subdesarrollo, su propia jerga, su propio tercer mundo, su propio desierto”, este ideologema de Deleuze y Guattari es más que sugerente y coincide en gran medida con la mirada de pavel Oyarzún y el aura de sus textos.
Para comprender el significado y el simbolismo que encierran y diseminan estas poéticas patagónicas —aunque sólo se consigne como ejemplo a los autores aquí tratados, también se puede hallar en otros este cuadro situacional— es necesario percibir su sólido anclaje en un territorio que ha sido configurado por la desidia y la avaricia de “asesinos” —amparados en leyes derechas y humanas—. Paul Claval, autor del libro La geografía cultural, expone que: “El poder se apropia de las tierras anotando en registros, planos o mapas las colecciones de los nombres de los lugares”; y en otro parágrafo deja explícito como: “La institucionalización social del espacio implica trazar límites. Estos separan lo salvaje, lo natural, lo humanizado y lo habitado, el bosque y el monte, el campo y la ciudad, lo sagrado y lo profano”; y ese es el modo con que la biopolítica occidental, en una vorágine globalizada, ha impuesto en versión extrema la institucionalización del espacio, puesto de manifiesto en el máximo individualismo neoliberal que se refuerza y representa en la posesión de la propiedad privada. Pero Patagonia es una región que se mueve de forma constante al encontrarse transitada por varias capas culturales, con historias y reservorios milenarios que subyacen y no desaparecen por la labor cotidiana de sus decidores.
El poeta Víctor Redondo reclama “vida/ y no oración de muertos...”, y en tal sentido Ankudovich como Oyarzún con sus poéticas nos vinculan a lo más vital y conflictivo de toda comunidad organizada: la interrelación entre los hombres, la toma de posición y su testimonio, los monumentos, la visita a los muertos no como patrimonio sino como tiempo-ahora emergente y causante de la chispa revolucionaria (Benjamin dixit); porque el hombre, más allá del imperioso “fin de la historia”, es un animal político, solidario.
Los filósofos Deleuze y Guattari sintetizan con las palabras justas esta lectura pampatagónica: “...la conciencia colectiva o nacional se encuentra ‘a menudo inactiva en la vida pública y siempre en dispersión’ sucede que la literatura es la encargada de este papel y de esta función de enunciación colectiva e incluso revolucionaria: es la literatura la que produce una solidaridad activa...”
Sergio De Matteo

1 comentario:

macadamia dijo...

amigo, me encantaria colaborar en tu blog pero no se me ocurre de què manera, pensà y decime, sabès que no me cuesta ya que hago de las cosas que màs me gustan, o sea escribir. besos.